Historia

Breve reseña histórica

La revista Teología Espiritual, se fundó en Valencia en 1957, hace ahora 60 años, y, desde el comienzo, se propuso ser cauce de expresión de los Centros Superiores de Estudios de la Orden Dominicana en España, radicados entonces, además de en Valencia, en Barcelona, Salamanca, Las Caldas de Besaya (Santander), Madrid y Granada. Profesores de aquellos Centros, a los que se unieron otros, eclesiásticos y laicos, de Facultades o Universidades del mundo entero, también de fuera de la Orden de Predicadores, han venido colaborando a lo largo de más de medio siglo.

Al frente del equipo fundador y animador de primera hora estuvo el Profesor Marceliano Llamera, O.P., especialista en temas de espiritualidad de renombre mundial, más tarde Perito en el Concilio Vaticano II. Han prestado su colaboración de manera eficaz, y ya en los comienzos, los Profesores Emilio Sauras, también Perito en el Concilio Vaticano II, José Mª de Garganta, Vicente Forcada, Adolfo Robles, Antonio Sanchis, Roberto Ortuño, Lorenzo Galmés, Argimiro Velasco, José Mª Escámez, Sebastián Fuster, Fabián Puerto, José Mª Martínez Alcaide, José Mª Coloma, M. M. Philiphon, Fabio Giardini, J. M. Bernal, Armando Bandera, Álvaro Huerga, Baldomero Jiménez Duque, Jesús Trapiello, Antonio Huguet, J. Auman, L. López de las Heras, Gerardo Sánchez, Pedro Rodríguez, por citar tan sólo algunos nombres.

Propósito de la revista ha sido promover la investigación y dar a conocer el campo de la espiritualidad, en su vertiente histórica, patrística, bíblica, litúrgica, pastoral, y poner al alcance del lector medio su riqueza, siguiendo la línea que había emprendido a comienzos del siglo XX el gran renovador en España de los estudios místicos, Juan G. Arintero, en proceso de canonización, fundador en Salamanca de la revista La Vida Sobrenatural (1921). Teología Espiritual pretendía ser un complemento necesario de La Vida Sobrenatural.

Ha contado entre sus directores a J. M. Bernal, J. Martorell, Esteban Pérez, Juan Bosch, Vito T. Gómez, J. A. Heredia. La dirige en la actualidad Alfonso Esponera. Los colaboradores han aumentado con el paso de los años, entre ellos puede mencionarse a Antolín G. Fuente, Domingo Salado, Martín Gelabert, Vicente Botella, Pedro Fernández, J. J. Gallego, A. García Lozano, L. Vila López, J. A. Tudela, J. Esparza, R. Arnau.

Es en la actualidad una de las publicaciones periódicas de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Se difunde por el mundo entero, en concepto de suscripción o de intercambio con otras revistas.

P. Marceliano Llamera O.P.

IN MEMORIAM (1)

El P. Marceliano Llamera nació en Pardesivil (León), el 2 de noviembre de 1908. En 1920 pasó a la Escuela Apostólica que la provincia dominicana de Aragón tenía en Solsona (Lérida). Comenzó su noviciado en 1923, e hizo su primera profesión el 17 de noviembre de 1924. Tras estudiar el primer curso de filosofía en Solsona pasó a Valencia donde terminó sus estudios. Se ordenó de sacerdote el 6 de septiembre de 1931. Pasó después al Ateneo Internacional «Angelicum», de Roma, para especializarse en Teología. Hizo su tesis doctoral bajo la dirección del P. R. Garrigou Lagrange: el tema de su disertación fue «El Amor Misericordioso».

De regreso a España ejerció el profesorado, primero en Valencia (1932 1933), y después en Calanda (Teruel) (1934 1936). Era Prior de la Comunidad en julio de 1936 cuando fue asaltado el convento; recibieron la palma del martirio varios de sus religiosos. Tras la contienda bélica se preocupó de recopilar cuidadosamente los hechos para echar las bases de un Proceso de Beatificación y Canonización.

A partir de 1939 su vida transcurrió íntegramente en tierras de Valencia. Recibió el título de Maestro en Teología, fue Perito en el Concilio Vaticano II, y redactor muy destacado de las nuevas Constituciones dominicanas.

Se incorporó a la Sociedad Mariológica Española desde sus comienzos. Raro era el año en que él no presentaba su ponencia densa, bien ensamblada, con lógica impecable, con deducciones firmes de sólidos principios. Se destacó de manera especial en el Congreso Mariológico Internacional celebrado en Roma en octubre de 1950. Su ponencia versó sobre «El mérito maternal corredentivo de María». Sus publicaciones de tema mariano fueron muy numerosas, como puede comprobarse en la bibliografía que publicó el Anuario «Escritos del Vedat» 12 (1982) 40-45.

Fue un hombre de metas muy claras, y hacia ellas se mantuvo en tensión permanente. Todos sus objetivos estaban orientados a cultivar la semilla de la gracia entre todos los hombres. Desde sus tiempos jóvenes se reveló un convencido de la llamada universal a la santidad, y se convirtió en un apóstol infatigable de la misma, alentado por el magisterio del P. Juan G. Arintero O.P., a quien profesó una veneración especial.

La fidelidad a Dios fue creciendo en él a medida que creció en su conocimiento del misterio divino. Le ganó en seguida la visión dinámica de la Teología. Se adentró en el conocimiento de la ciencia de Dios, persuadido, desde lo más íntimo de sí mismo, de que el saber acerca de Dios crece de manera continua en la comunidad de los creyentes; y de que en éstos el alma de toda ciencia, que es la caridad, está llamada a llenar la capacidad casi infinita del corazón humano.

Fue un enamorado de la verdad de Dios; un apasionado de la Teología; se encontró con la Sabiduría de Dios en su revelación, ayudado, orientado y lanzado siempre hacía adelante por Santo Tomás de Aquino, a quien profesaba una inmensa devoción y admiración; en comunión asidua con su pensamiento, logró posesionarse de toda su hondura, y desarrollar muchas de sus intuiciones.

En su labor teológica dio la prioridad a la caridad. ¡Con qué empeño, con qué fuerza, con qué entusiasmo explicaba él en sus clases de Teología Moral la doctrina de la caridad! La caridad, que es amistad eterna de Dios con el hombre; la caridad, que hace posible al hombre ser amigo de Dios; la caridad, que constituye el camino de relación profunda y duradera del hombre con sus semejantes. La caridad que se extiende a toda la dimensión social de la humanidad.

Todo lo orientó por el camino de la fidelidad al hombre, para que el hombre se empeñara, se comprometiera a ser fiel a Dios. Quería al hombre conocedor de Dios, adorador de Dios, centrado en darle gloria en todo y por todo. Quería al hombre consciente de su altísima dignidad. Dios le otorgó el arte del diálogo para con los que sufrían pruebas; la intuición para descubrirlas; la fortaleza de ánimo para empujar y sostener en la lucha. Dios le concedió el don de la dirección espiritual; la paciencia para la escucha; la perseverancia para sobreponerse a todo desaliento; la ilusión para promover y agrupar en su entorno a personas, a las que sostenía en las grandes empresas.

Desde 1964 estuvo incorporado al nuevo Convento de Santo Domingo de Torrente. En él esperó el paso a la Vida con serenidad y temple de espíritu. El 11 de enero de 1997 falleció en dicho convento. Su tumba, como queda dicho, se halla en el coro del Monasterio Federal de la Inmaculada de Torrente, entre las contemplativas dominicas que lo veneran como Padre y Maestro.

LA REVISTA TEOLOGÍA ESPIRITUAL (2)

Cuando en el año 1952 el P. Llamera fue nombrado Regente de Estudios acariciaba en su mente y coloquiaba con los profesores la idea de una Revista que fuera la proyección de las investigaciones y estudios de nuestro Centro, que él concebía como Facultad de Teología. Una Facultad necesitaba un instrumento de comunicación de alto nivel como plata forma desde la cual los profesores pudieran darse a conocer mediante el fruto de sus trabajos de investigación o de reflexión teológica para lograr un prestigio universal. Es decir, se necesitaba una Revista de corte científico.

Alguien pensó en restaurar la Revista contemporanea, nacida en Valencia allá por los años 1933, fundada por el Padre Urbano, en la que el mismo Padre Llamera había colaborado en más de una ocasión. Pero aquella Revista tenía una orientación distinta de la que se pretendía ahora. No era una revista de profundos estudios teológicos.

Rechazada la idea de resucitar contemporanea, seguían pensando el Regente y sus colaboradores en una publicación de amplio espectro teológico. Incluso tuvo un título preconcebido, que respondía, en aquellos años, a la línea de pensamiento señalado por una Encíclica famosa de Pío XII, que señalaba algunas desviaciones del pensamiento moderno en la llamada «Nueva Teología». La Encíclica era Humani generis, que tuvo una resonancia muy fuerte en la Iglesia. Casi teníamos acordado que ese título fuera el de nuestra Revista: Humani generis. Pero se pensó mejor y decidimos que eso era centrarse demasiado en un cauce de pensamiento un tanto negativo y anclarse en un involucionismo que podría ser infecundo.

Entonces fue el mismo Padre Llamera quien razonó con los colaboradores que sería más eficaz intentar cubrir un vacío que estaba desierto en los medios de difusión del pensamiento teológico en España y por los Dominicos, aunque otras órdenes religiosas iban avanzando por ese camino. Porque en España se editaban por los Dominicos: en Salamanca la ciencia tomista, para los estudios e investigaciones de alta teología. Para los estudios e investigaciones de Filosofía había comenzado a publicarse la Revista estudios filosóficos, dirigida por los Dominicos de Ávila. Para su orientación de la vida cristiana se publicaba en Salamanca la vida sobrenatural, fundada por el Padre Arintero. Esta Revista era y es de orientación práctica, pero no de investigación y de estudios más profundos en orden a la vida de perfección cristiana.

El Padre Marceliano se ilusionó con la idea: sacarle el jugo a la Teología para vivirla. Era el pensamiento clave de su inquietud y de su concepción apostólica dominicana. Durante bastantes años había sido profesor de la asignatura y sabía perfectamente que el campo del pensamiento era inmenso y de una practicidad inagotable, no sólo para los teóricos de la ciencia sino para los orientadores de conciencias, para los seglares y para los religiosos y religiosas, que quieren caminar con seguridad por los caminos de la vida espiritual. De todo ello tenía el Padre muy amplia experiencia.

Así se concibió teología espiritual, cuyo título expresa su orientación específica, su identificación «personal». Estudios teológicos para ser aplicados a la vida existencial de cada día. En términos escolásticos diríamos que tiene su «género próximo» (teologia) y su última diferencia (espiritual). Tiene nombre y apellido que la individualizan, que le dan su «personalidad», como es preceptivo en las buenas definiciones.

Así es como se lanzó a la empresa, en la que alguien pronosticaba un fracaso seguro, apostando que no pasaría del tercer número, si llegaba al segundo. Se apoyó en un reducido equipo de colaboradores, sin más capital fundacional que la ilusión personal, la confianza en la divina Providencia y el apoyo de algunas personas amigas. Porque los fondos económicos para lanzar la propaganda y edición del primer número, que también era propaganda, iban llegando de personas afectas al Padre, o a la Orden, de suscripciones logradas a pulso, de ventas de papeletas de lotería nacional, de pequeños donativos.

A principios de 1957 salió el primer número, que interesó bastante al público, y comenzaron a llegar suscripciones. La Revista, al finalizar el primer año, se autofinanciaba y así continuó, con apuros, sí, pero sin llegar nunca a números rojos en su administración. El personal administrativo renunciaba a sus sueldos, las monjas de Santa Catalina confeccionaban gratuitamente las bolsas para los envíos; el señor Laveaga ordenaba escrupulosamente el fichero, metía las revistas en las bolsas y clasificaba las partidas para el correo. Los colaboradores literarios se sentían muy retri buidos con la gratitud.

Teología espiritual se iba abriendo camino. La selección de artículos y comentarios y demás notas complementarias para la publicación la hacía personalmente el Director, el cual se preocupaba de pedir colaboraciones a muchos de sus amigos y profesores conocidos. La verdad es que pocos se le negaban. Incluso algunos de renombre ofrecían su colaboración espontáneamente. Hasta pudo permitirse el lujo de rechazar más de un trabajo, porque no encajaba dentro de la trayectoria que la Revista se había fijado.

La Revista tenía una tirada de 1.000 ejemplares; más de 700 eran de pago, y el resto para canjes con otras Revistas y obsequios. Algunas suscripciones de pago eran de bienhechores, casi todos amigos del Director. La suscripción anual era de 80 pesetas, al comenzar, pero más tarde se subió a 90 los tres números anuales. En honor a la verdad y como diploma de gratitud, debo testimoniar que la aportación más sustanciosa para los fondos de la Revista llegó en 1963, de parte de nuestras hermanas, las monjas de Santa Catalina.

En la Revista el Padre Llamera ha sido el autor que más páginas ha llenado, en artículos, editoriales, boletines, comentarios y reseñas de libros. Ha sido para él una cátedra, desde la que ha difundido su magisterio por todo el mundo. Teología espiritual, además de proporcionar numerosos canjes con Revistas nacionales y extranjeras, ha nutrido la Biblioteca del Estudio Dominicano con abundantes libros, algunos de ellos costosos.

En el año 1975 el Padre Llamera dejó la dirección de la Revista, aunque seguía escribiendo en ella.

 

1 Esta reseña ha sido tomada con autorizacion del autor: el P. Vito Tomás Gómez, de la Revista: Estudios Marianos 64 (1998) 639 642

2 Esta otra reseña sobre el inicio de nuestro revista ha sido tomada de: Vicente FORCADA COMÍNS, o.p. Padre Marceliano Llamera Fernández, o.p., Biografia, Valencia, Provincia dominicana de Aragón, 1977, pp.75-80.

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