El P. Martín Gelabert, a propósito de la canonización de S. Francisco Coll, nos hace una oportuna reflexión sobre la santidad. Así nos dirá que Dios también quiera hacer partícipe al ser humano de lo más propio y característico suyo, a saber, la santidad.
Ya en el Antiguo Testamento, esta llamada a ser santos «porque el Señor, nuestro Dios, es santo», expresa un ideal que el pueblo nunca llega a alcanzar, ya que continuamente se le está reprochando su infidelidad y su pecado. Y no llega a alcanzar el ideal porque falta una comprensión de cómo es posible compaginar la santidad con la debilidad humana.
En el Nuevo Testamento, y hay ahí un matiz con relación al Antiguo, los creyentes son calificados ya de santos (Rom 1,7; Hech 9,13). Pero, se añade también, esto que ya son deben confirmarlo haciéndose lo que son: «los santificados, llamados a ser santos» (1Co 1,2); «elegidos para ser santos» (Ef 1,4), para ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (Mt 5,48). El cristiano, unido a Dios, debe asemejarse cada vez más a Él.
Para el Concilio Vaticano II «la santidad suscita un nivel de vida más humano». La santificación no consiste en que el hombre deje de ser humano para adquirir la naturaleza divina, cosa imposible, sino en hacernos cada vez más personas al vivir a nuestra manera según el modo de ser de Dios, que es Amor. Es el caso de san Francisco Coll, fundador de la Congregación de las Dominicas de la Anunciata, que también fue un gran predicador popular y un hombre sensible ante la falta de formación humana y religiosa de niñas y adolescentes.
La canonización de Francisco Coll no significa que los demás no podamos ser igual de santos o incluso mejores. Lo que él hizo en su tiempo, estamos llamados a hacerlo nosotros en el nuestro, llamados a dar lo mejor de nosotros mismos, llamados a ser divinos en la vida, a activar al máximo la imagen y semejanza de Dios impresa por el Bautismo.